
Se me hace raro volver a Madrid. Hace más de veinticinco años que no he paseado por ésta ciudad en la que nací. He vivido en tantas partes y bajo diferentes cielos, pero ningún cielo es como el cielo de Madrid, ese cielo de Velazquez, ese cielo de Antonio López, ese cielo de dentro de la cabeza de Alicia, o sea yo. A los madrileños que viven en Madrid les da igual posiblemente su cielo, pero los que estamos fuera sentimos la añoranza de vivir debajo, será por aquello de “Madrid al cielo...y un agujerito para verlo”.
He vuelto a sentir el placer no solo de “ver su cielo sino también de pisar su suelo”, ese suelo antiguo de la zona histórica de los Austrias. Es verdad también que he podido ver el Madrid enorme que se ha ido expandiendo cual mancha de aceite en los últimos años y si que si bien me parece una ciudad en la que han tenido cabida las páginas de historia de final del S.XX e inicio del XXI, escrita por los arquitectos y urbanistas de la modernidad, y es justo que así sea, a mi lo que me ha tocado el corazón es volver a los lugares de infancia y remirar lo ya mirado, verlo de nuevo observando como todo ha sido conservado y restaurado, como se han peatonalizado muchas zonas devolviendo la ciudad de los hombres a ese nivel humano que el progreso robó a los personas para regalárselo a las máquinas, al caminar lento, al paseo sin prisas, a las tapas en los bares, a los cafés y helados en las terrazas donde las mesitas y parasoles recuperaron sus puestos humanos devolviendo a otros lugares el ruido y el humo de la ciudad motorizada, apresurada, ruidosa.
Y mirando los balcones de las vetustas casas he pensado como me gustaría volver e instalarme en uno de esos lugares. Volver a Madrid.
!Ah, maldita nostalgia! Si, nostalgia. Nostalgia de los puestecitos de navidad en la Plaza mayor, de las tardes en el Café Gijón, de los paseos por el Retiro, de las visitas al Museo del Prado, del atardecer en la Plaza de Oriente, de los cines de la Gran Vía, de los restaurantes, bares, viejas tabernas, bailes, colegio, universidad...
Nostalgia de la familia, nostalgia de la niñez, nostalgia de la juventud. Nostalgia de mis abuelos y de la tierra de mis abuelos. Nostalgia maldita y canalla. Mirar hacia atrás. Odio mirar hacia atrás.
Creo que he visto Madrid a través de un sutil velo de lágrimas producido por la maldita nostalgia. Aunque uno es lo que lleva dentro y que sigue siendo idéntico aunque pasen mil años. Hace parte de la propia esencia.
Siempre he pensado que “mi patria es la humanidad” como decía Voltaire, pero mi ciudad es Madrid. Siempre Madrid. Madrid en el alma.
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